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Autor: D. Mateo Escagedo Salmón. Obra: “Crónica de la Provincia de Santander - Tomo II” . Año: 1922. Tema: Escritores Cántabros. El gobierno municipal montañés desde el siglo XVI a fines del XIX fue como génesis el concejo abierto; concejo así formado mucho antes de la décima sexta centuria y que convenía perfectamente con el régimen de behetría que en la Montaña imperaba. No tenemos, por lo menos yo no lo conozco en España, un verdadero tratado que verse exclusivamente acerca del concejo abierto en España; cierto que gran número de autores tratan de esta materia tanto en cuanto al origen del concejo como al desarrollo y atribuciones del mismo, pero de desear sería que algún jurista con grandes actitudes históricas tratase exclusivamente la materia, prescindiendo de fantasías y apoyándose principalmente en las ordenanzas municipales, en los fueros y cartas pueblas y no en fantásticas deducciones reñidas con la crítica histórica. Las primitivas sociedades nacieron y se desarrollaron en formas parecidas, por no decir iguales, en todas partes. Esta semejanza brotó, lógicamente, de lo parecido entre las civilizaciones de los pueblos, de idénticas necesidades y de los análogos medios que cada una tenía para satisfacerlas. Por encima del individuo está la familia que durante muchos siglos debió ser la única forma de sociedad, la vida de ésta gira en torno del padre, él es en vida sacerdote del culto doméstico, legislador, caudillo, juez; muerto se trueca en divinidad, y, juntamente con el héroe, fundador o honrador de la familia y sus antepasados se le da culto y recibe adoración. La idea religiosa influye poderosamente en las sociedades primitivas. Las familias colaterales se unieron sin fundirse, conservando su vida propia y concibiendo una divinidad común superior a la suya familiar; así nacieron las diversas tribus, gens primitiva de los latinos, federaciones basadas en la consanguinidad, en la apropiación colectiva de las tierras y en la existencia de los lares comunes; verdaderas vegetaciones sociales formadas espontánea e inconscientemente por la agrupación de ramas de un mismo tronco. En la plaza del vicus, o bajo el árbol sagrado como entre los vascos y eslavos meridionales, se juntaron los jefes de las familias; de aquí nació el verdadero concepto de vecindad, que atravesó la edad media y llegó a la actual; vecino fue y es el cabeza de familia con casa abierta. (1) La autoridad de aquel concejo (concilium) se alzaba sobre el jefe de la tribu, a pesar de la autoridad grande que le queramos suponer, y no la tenía chica, cuando más tarde fue el rey y príncipe de toda su gente; quizá a él correspondiera la presidencia y dirección de la asamblea. Esta realmente es la que ejercía el gobierno del pueblo y la dirección de la tribu; no un gobierno perfecto sino lo que más tarde se entendió por régimen municipal; la ley no emana de estas reuniones porque la organización de las tribus correspondió a organizaciones sociales, nacidas de las necesidades sociales y sobre todo del espíritu místico que flotaba en la sociedad; las leyes antiguas fueron connaturales al hombre y no invención de éste, aunque fuesen escritas por el hombre. Las decisiones de la asamblea vecinal versarían tan solo sobre aprovechamientos de bosques y pastos comunes, reparto de tierras laborables, etc., es decir: todo lo referente al gobierno económico-administrativo. (1) Hoy es sui juris el que tiene 23 años y, por lo tanto, es vecino, pero mientras existió el concejo abierto éste no tenía participación en él; las viudas se contaban como medios vecinos y asistían al concejo con voz y voto, como yo he visto en algunos pueblos de la provincia. (Nota del Autor) La agrupación orgánica de varias tribus, o más bien la federación de ellas nacida tanto por la idea religiosa como para defenderse de los enemigos que pudieran y quisieran atacarlas, trajo consigo un jefe común para ellas, que las gobernase todas sin que ellas perdiesen ni su carácter propio ni su independencia administrativa y social; el concejo en estas agrupaciones ni dejó de existir ni siquiera se modificó. La asamblea de la confederación era convocada y presidida por el jefe general, a ella asistía e intervenía exclusivamente el elemento aristocrático, los patricios, los jefes de las tribus, forma que también preduró muchos siglos y aunque modificada, no esencialmente, la veremos en lo que más adelante diga de las merindades montañesas y su gobierno. Esta marcha de la sociedad lógica y natural, idéntica en todas partes, fue en muchas modificada por la ambición humana que se creó necesidades opuestas e incompatibles con la sencillez social primitiva. El hombre quiso dominar al hombre por la fuerza y de la guerra nació el despotismo humano; con asambleas o sin ellas el guerrero se impuso a la sociedad: en vez de ser su defensor, fue muchas el dogal de la libertad. En nuestra provincia vimos flotar la constitución social primitiva, el régimen verdaderamente patriarcal, en la behetría. Ella contiene esencialmente el régimen del concejo municipal abierto, aunque substancialmente modificado en cuanto a la elección, porque el derecho de behetría lleva consigo la elección del jefe, que no vemos en las sociedades (tribus) antiguas, como los autores nos las exponen. No es difícil que este régimen fuese común a todas o a la mayor parte de las tribus españolas, pero las dominaciones griegas, fenicias, cartaginesas, romanas y godas, las dos primeras constituidas de mercaderes y las tres últimas de militares, modificaron, como no podían menos, nuestras costumbres político-sociales infiltrando en ellas nuevos organismos. Aquí no influyeron; los cántabros conservaron sus costumbres antiguas. Aun los mismos romanos que dominaron nuestra provincia, los mismos que se sobrepusieron a los naturales, no influyeron tanto que modificasen esencialmente la manera de ser de las tribus cántabras; cierto que construyeron calzadas, pero éstas fueron eminentemente militares, y solo dos poblaciones romanas pueden hallarse hoy en nuestra provincia: el campamento de Julióbriga, punto estratégico para contener y amenazar a los cántabros y que no irrumpiesen en los campos góticos y la colonia romana de Flavióbriga, fuera ya de Cantabria en la Vasconia; lógicamente se deduce que poquísimo pudieron influir en nuestra región. De los godos ya indiqué que no dominaron en nuestra provincia; por lo tanto el régimen de behetría que vimos al principio de la reconquista, régimen que está en todo su vigor en la octava centuria, no fue más que el mismo régimen político-social cántabro de los siglos primitivos, de las tribus semibárbaras que, según los historiadores latinos, combatió Augusto. Las behetrías se transformaron en hidalguías. Acontecimiento obvio y natural. Los de behetría se echaron en brazos del rey para defenderse en los siglos medios de los señores poderosos que querían imponérseles. Con esto perdieron el atributo esencial de la behetría, la elección superior, pero no los demás elementos de ella, el régimen municipal y el concejo abierto; los hidalgos siguieron eligiendo su concejo lo mismo que antes y del mismo modo conservaron el gobierno económico administrativo, como veremos en estas notas; pero antes he de señalar el verdadero concepto de hidalguía. Muchos de mis paisanos siguen creyendo que hidalgo es el noble rico, y que con él estaba reñido el trabajo de tal modo que sólo se dedicaba a la carrera de las armas o de las letras, y no podía dedicarse a otra; éste es un error crasísimo que me recuerda lo que a mí me sucedió visitando una casa de nobles escudos. Estaba yo admirado de encontrar así un solar de los Obregones, en el que había sido en su origen de Ceballos, y copiaba con calma el escudo de aquéllos, “partido en pal: una mano cortada y sangrienta y una rueda Catalina”, cuando salió el inquilino y con la mejor buena fe me dijo: ¿Está copiando usted la mano y la rueda?... Ya sé lo que significa, me lo dijo el amo: “la mano significa la amistad y la rueda la fortuna”. Textual, lector amigo. El dueño de aquella casa, en la que recayeron grandes mayorazgos, persona por otro lado muy instruida y muy rica, no sabía que los escudos de su casa indicaban la nobleza de la misma; algunos creen que los escudos no valen lo que costaron las piedras. Lo mismo sucede con muchos que piensan que la nobleza, la hidalguía, está reñida con las artes mecánicas y esto ni es cierto ni lo fue nunca, por lo menos en nuestra provincia, en la que los hidalgos eran carpinteros, albañiles, canteros, labradores, marineros, etcétera, porque éstos y otros oficios semejantes no estuvieron reñidos en Cantabria con la hidalguía. En el apeo hecho para establecer la contribución única en 1652, mandado formar por Ensenada, tenemos mil pruebas de esto, en que los hidalgos eran pobres labradores, marineros, etc. Aquí solo citaré, por curiosísimo, un Memorial (sin año ni pie de imprenta) presentado al Rey Carlos III por don Marcos de Vierna Pellón, Comisario de Guerra de los Reales Exércitos de V. Magd. por sí y en virtud de la Nobleza de Sangre de las cuatro Villas de la Costa del Mar de Cantabria, su Partido y Bastón (11 folios. No tiene fecha, pero debió presentarse en 1762 ó 63). Fue la causa de este documento el alistar para el regimiento de milicias de Laredo a los hidalgos juntamente con los pecheros. Como éstos eran pocos y el regimiento tenía 700 plazas, no eran suficientes los pecheros del Bastón para cubrirlas, a pesar de tener que servir diez años cada uno y sortearon a los hidalgos, los cuales iban siempre voluntariamente a la guerra y tenían como gran deshonor no acudir cuando la patria los necesitaba, pero no iban a las guarniciones obligados y sorteados. Del “Memorial” son estos párrafos: "Dos noblezas se conocen en Castilla y aún en el mundo todo, una de sangre (que en nosotros fue la behetría) y otra de privilegio. La primera natural, que propiamente y por excelencia se llama hidalguía. La segunda accidental que en rigor no es hidalguía, aunque impropiamente se le dé este nombre. La hidalguía presupone siempre nobleza de sangre. La nobleza no siempre es argumento de hidalguía (Muy bien dicho). La hidalguía la hace la sangre y el tiempo. La nobleza puede hacerla un privilegio. Entre la nobleza de la sangre y la de privilegio hay, entre otras, la notable diferencia de que la de privilegio se oculta, se adormece y se suspende por el ejercicio de los oficios mecánicos, porque, siendo accidental, un accidente la ofusca y anubla. "Pero la nobleza de la sangre no es ofuscable, siempre es indeleble como la sangre misma. Es natural y no puede menoscabarse por oficios civiles y mientras fluye la sangre en donde tiene su raíz, vive sin sujeción a cualidades, ni mudanzas, sin circunscribirse a lugares ni tiempos. "Por eso no la empecen, perjudican, ni suspenden las artes mecánicas, ni detiene sus efectos, siendo ésta la común sentencia de los Doctores Jurisconsultos de España y asentada en las Salas de Hijosdalgo y Tribunales en que jamás se pregunta por este accidente que no es óbice para dejar de guardar las prerrogativas a los hidalgos que ejercen las artes mecánicas como a los que no las ejercen. "Ya que queda demostrado en cuanto a los oficios (mecánicos) el común sentir de los jurisconsultos hablando de la nobleza de España en general; ahora añadirá el que suplica lo que afirman de la Costa de Cantabria en particular. "Sería iniquidad, aseguran los más famosos, si por el ejercicio del oficio mecánico se pusiese falta alguna vez en la hidalguía. La esterilidad y pobreza del país imposibilita a los hidalgos de las Montañas de Santander, Cuatro villas, Vizcaya y provincia de vivir sin oficios. Hay en ellas hidalgos muy notorios que los ejercen, y algunos son harto más hidalgos que muchos que se precian de hidalgos, y por este ejercicio no degeneran de su hidalguía. Por no permitir lo impetuoso de su país que alcance ésta para la subsistencia de su familia, se ven precisados a hacer fuera lo que les falta para ello, y fuera permanecen en el oficio que saben por los meses y tiempo que no hacen falta a sus labores domésticas. "Por esta causa y costumbre no tienen entre ellos la menor nota los hidalgos que ejercen oficios mecánicos, ni se reconoce diferencia en la distribución de los oficios de la república entre los que ejercen o no, ni aun en caso de competir juntos. Verificándose por ello la verdad recibida casi de todos los jurisconsultos, que los oficios mecánicos no conocen otro desdoro o nota que el que les da la vulgar estimación de los países, de suerte que en la Montaña, ejercidos aún por nobles de solo privilegio, carecen de todo reparo e indecendia a no ser tan bajos que por otro respecto infeccionen". Hasta aquí Vierna Pellón. Esta doctrina consta palmariamente, no solamente en el Catastro formado en tiempo de Ensenada, sino también en todos los padrones de hidalguía. Todos los hidalgos tenían voto para las elecciones de las juntas y autoridades de los pueblos en que vivían y tenían reconocida su hidalguía y asimismo todos podían ser elegidos. ¡Y que nos hablen del sufragio universal como uno de los adelantos del siglo XIX! El sufragio como hoy se entiende y practica, no hizo más que mixtificar los votos, llevar a los pecheros a votar con los hidalgos, a los ignorantes con los sabios, cuando precisamente hoy es más necesaria la selección del voto porque cada clase tiene sus propios intereses, sus derechos y sus obligaciones, muchas veces en pugna con los de las demás clases. www.loscantabros.com © Carlos Gustavo Alútiz Ruisánchez alutiz@yahoo.es |