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«Los rehenes (El maestro Joaquín Hidalgo)»
| Tío Joaquín era maestro, en el año de 1868 recibe una propuesta para ejercer en Argentina. Embarcó en Cádiz en 1869, antes de partir se fotografió para dejar de recuerdo a su amada Soledad. Al poco tiempo la desposó y mandó buscar.
Las crónicas de la época registran que fue el primer maestro de la escuela N º 1 de Lobería. Para Tandil lo contrató don Ramón Santamarina, cumpliendo así el pacto que tenían los estancieros de entonces con el Ministerio de Educación de procurar instrucción para los hijos de sus empleados. Pasó por diferentes escuelas rurales de toda la zona, siendo el primer maestro en varias de ellas. Abuela Paula ponderaba su buen decir, pausado y suave, su aficción por la buena lectura, el conocimiento de los autores clásicos, recitaba poemas, era un espíritu sensible a lo bello y al arte. Fueron pasando los años y las escuelas, siempre a su lado Soledad porque no tuvieron hijos. Ya ancianos y encontrándose en una de esas escuelas-rancho llegó un gaucho “juido de la ley”, al decir de entonces, ató el caballo al palenque y por la fuerza entró a la casa; poncho raído que antes había lucido colorado, barba rala, ojos de duro mirar y de forma aindiada, botas de potro, chiripá de dudosa limpieza. Pidió de comer y beber, diligente tía Soledad lo atendía mientras el gaucho profería insultos y amenazas, muy capaz de cumplirlas porque en la cintura y hacia la espalda tenía un enorme facón. Ya llegada la noche y por obra del alcohol que había bebido por varias horas se encontraba totalmente borracho, balbuceante y dirigiéndose a tío Joaquín dijo “ahura que me cansau de rairme de vos viejo t’e via degoyar como a un poyito” y echó mano al facón. Antes y aprovechando la borrachera y un descuido, tía Soledad había ido al dormitorio a buscar la escopeta que siempre estaba a mano y cargada, acercándosela a su marido. Cuando el gaucho se abalanzó para matarlo Joaquín levantó el arma y le disparó al medio del pecho. Cayó dando un fuerte alarido, los ojos fuera de las órbitas, el rojo de la sangre y el poncho se mezclaron... Aquella voz cargada de desesperación y aquella desgraciada circunstancia habían lastimado tanto su corazón de poeta, que muy poco tiempo después moría Joaquín. Como se quejaba Aureliano Buendía “hay ¡ tú no sabes lo que pesa un muerto!”.
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