![]() |
|
Luis Mazón Aramburu La persistente y monótona llovizna hacía brillar las lastras y cayuelas que bordean el camino. Con el palo al hombro, y lanzando bocanadas de humo del mal armado cigarrillo, caminaba callejón abajo, tras la gorda y arisca vaca, el pasiego “Centellas”. Había salido muy temprano, a fin de estar al día siguiente en la famosa feria de Basurto, donde pensaba vender a muy buen precio la “Ratina”, que ése era el nombre puesto por el menor de sus mozucos a aquel arisco y malintencionado animal. No tienen número los brincos, carreras y maldiciones que le costó al bueno de “Centellas” llegar a su destino. Ya en el campo de la feria, sacó del bolsillo de su blusa una soga que al efecto llevaba, y después de larga brega, pudo atar la “Ratina” en el tronco de un añoso y retorcido roble. - ¡Mala puvisa te queme, endemeniá; ahura las vas a pagar todas juntas! ¡Y malos demonios me lleven si vuelvu a meter en mi prau ninguna otra de tu pelu! Estas y otras lindezas iba mascullando mientras abría su petaca el pasiego “Centellas” y comenzaba la prolija faena de liar un pitillo: lo primero el papel, que no a la primera tentativa se desprendía del librillo; una vez pegado aquél por una de sus puntas sobre el labio inferior, echaba en la palma de la mano izquierda cierta cantidad de tabaco y, colocándolo encima de su diestra, empezaba a desmenuzarlo con movimientos rotativos; parecíanse aquellas manazas, entonces, a las aceñas de su pueblo moliendo el trigo blanquillo o la dorada borona, de vez en cuando suspendía el trabajo para sacar los gruesos palos de que tanto abunda el barato picadura de 18 céntimos. En esta operación hallábase abstraído cuando hacia él llegó un apuesto jinete de ensortijadas manos y albo sombrero “Cubita libre” o “jipijapa”, y sin darle la de Dios, saltó del lustroso alazán y si dirigió al roble donde bramaba la inquieta “Ratina”. Al ver esto, “Centellas” se llegó al que por la presencia parecía un indiano y le dijo: - Caballeru, le alvierto a usted que esa vaca pega, y si ata cerca su jaca pue que se la mate, y yo no quiero juicios ni cargu de concencia. - No se preocupe amigo, por los intereses ajenos, que están pagados –fue la respuesta del jinete, y sin más, atando el caballo al mismo tronco del roble se perdió entre los grupos de compradores y vendedores. También el pasiego se apartó de allí temiendo lo que iba a ocurrir, y ello fue que, apenas transcurridos quince minutos tramola la “Ratina” contra el caballo con tal ímpetu y tan certeramente que presto le echó las tripas fuera. A la gritería y al barullo que esto produjo acudieron enseguida el dueño del caballo y la Guardia Civil, quien nunca falta en estos altos sitios. Pero ya estaba allí “Centellas” dominando al furioso bovino y diciendo a los curiosos que le rodeaban:
- Yo no tengo responsabilidá de lo ocurrío; he alvertío y cuidao mucho que no se arrimaran a mi vaca, pero ese caballeru no quisu hacer caso y él se la ha tenido la culpa. - Bueno, cállese la boca –dijo uno de los guardias-. ¿Cómo se llama usted? - Manuel Agüero Setién. - ¿De qué pueblo es? - De Senderón. - ¿En qué sitio para? - En la taberna de Cachirulo. - Muy bien. Y dirigiéndose al damnificado: - Usted puede, señor, entablar la demanda por daños y perjuicios, tomando los nombres de dos o tres testigos, entre los presentes. Y sin hablar ni preguntar cosa dio las espaldas, indiferente al lugar del suceso. El malaventurado pasiego no perdió las ganas de almorzar, pero estuvo toda aquella mañana muy pensativo. Al poco rato de hallarse en la taberna de Cachirulo se le presentó un alguacil con las providencias, que él firmó sin reparo. Citábale el Juzgado para las tres de la tarde. Llegó la hora, y después de todos, algo impaciente ya el juez y dasazonado el demandante, apareció “Centellas”, solo, tranquilo y hasta confiado, lo que pudo observarse en aquella franca mirada que dirigió a su acusador. Las preguntas del secretario y las del juez, y las intromisiones del damnificado, y los comentarios de los testigos se estrellaron contra el mutismo del pasiego. Su respuesta era darle pellizcos a un pan, que debajo del brazo izquierdo aprisionaba, del cual comía sin tregua ni disimulo. Ni los volados apóstrofes de unos, ni los categóricos imperativos del representante del Código eran fuerza a interrumpir su tarea. En vista de tan extraño caso, volviose airado el juez hacia el demandador, increpándole: - Pero, señor, ¿qué nos trae usted aquí, un idiota o un sordomudo? A lo que contestó atropelladamente, ciego de ira, el indiano de ensortijadas manos: - No, señor, no es mudo; pues bien claro dijo, cuando yo fui a atar mi caballo al roble, que no lo atara allí porque... - Cierto, señor juez –gritó entonces el pasiego-. Yo más de cuatro veces le dije que mi vaca era muy pegadora, pero... - ¿Pero, usted, por qué no ha contestando antes a las preguntas de la justicia, y se ha presentado tan groseramente? - Pues mire usted, hame sucedido que como yo no teniba testigos, cavilé el modu y manera de hacerle dicir a ese caballeru la misma verdá, como él ha dichu... - Y es cierto, sentenció el juez, puede retirarse, pues a usted le defiende la ley por haber avisado anticipadamente el peligro a su acusador, sobre quien pesan los gastos y costas del presente juicio, cuya sentencia se considera bajo los delitos por temeridad o falta de previsión. De lo cual el secretario dio fe firmando con los testigos y pensando para sus adentros si aquel pasiego, y toda su raza, no descenderían del famoso hijo de David.
|
|
©
Carlos Gustavo Alútiz Ruisánchez 2004 - LosCantabros.com
alutiz@yahoo.es
|