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Por EDWARD HEATH (Ex-primer ministro británico) “Debemos construir una especie de Estados Unidos de Europa. Sólo así podrán cientos de millones de trabajadores recuperar las sencillas alegrías y esperanzas que hacen que valga la pena vivir. El proceso es muy simple. Tan sólo se necesita el compromiso de cientos de millones de hombres y mujeres para obrar bien y no mal, obteniendo como premio su bendición en lugar de su maldición”. Winston Churchill hizo estos comentarios en un discurso en la Universidad de Zurich en 1946. Esa conferencia constituye un importante hito de la historia europea. Señala el comienzo en Europa de una cooperación y una prosperidad que no han tenido parangón y que aún siguen floreciendo. Marca el final de los enfrentamientos en Europa. El concepto de la Unión Europea y las medidas prácticas que se han derivado de él han modificado por completo las relaciones entre los Estados miembros. En estos momentos, afortunadamente, las sucesivas guerras han pasado ya para siempre. La Unión Europea y los organismos que la precedieron han aumentado la prosperidad en toda Europa, mejorando las relaciones comerciales, introduciendo normativas comunes para proteger a los ciudadanos y aportando ayudas a las regiones más pobres. La integración europea ha supervisado cincuenta años de paz y progreso sin precedentes. A quienes hayan nacido después de la guerra, o no tengan edad suficiente para recordarla, la amenaza de un conflicto puede parecerles difícil de concebir o hasta algo irrelevante. Pero la historia de Europa es un catálogo de guerras, una lista interminable de pérdidas humanas y materiales. La respuesta consistía en crear lazos entre los Estados de Europa. ¡Qué distinta es la situación de la de 1950, el año en que la Cámara de los Comunes debatió el Plan Schuman! Mientras que los conservadores apoyaban la participación británica, los laboralistas esquivaban la cuestión por la ridícula razón de que se iba a crear una Europa capitalista y no socialista. Los conservadores no debemos perder de vista nuestra historia como el partido de Europa. En el debate sobre el Plan Schuman hice mi primer discurso. Me había pasado el descanso de Pentecostés recopilando datos en Alemania y ahora que lo recuerdo, después de 45 años siendo diputado, veo que han cambiado muy pocas cosas. Gran parte de lo que dije en 1950 sigue siendo igualmente cierto hoy. Dije entonces que si Gran Bretaña no conseguía desempeñar un papel pleno y activo en la integración europea, ello reduciría nuestra capacidad para influir en su desarrollo y en la evolución futura de las instituciones de Europa. Dije que excluirnos de Europa amenazaría inevitablemente nuestra prosperidad económica. Tenía razón entonces y por eso en los años sesenta comenzaron las negociaciones para nuestro ingreso en la CEE y por eso tienen razón ahora quienes afirman que Gran Bretaña no tiene futuro al margen de Europa. Pero la creación de la Unión Europea no consistía sólo en refrenar a los poderosos. Los grandes hombres que concibieron la unión y las instituciones por las que se regiría tenían también otros objetivos en mente. De nuevo les resultará difícil a quienes nacieron después de la guerra comprender la repercusión que seis años de combates tuvieron en el nivel de vida europeo. Al final de la guerra la Europa continental se encontraba en situación de total desolación. La gente pasaba hambre. Ciudades enteras habían quedado convertidas en ruinas. Las infraestructuras estaban destruidas. Se desplazaban por todo el continente enormes cantidades de refugiados. Había un ambiente muy propicio a que se llevasen a cabo cambios y mejoras fundamentales, fomentado por los recuerdos de la Gran Depresión anterior a la guerra. Así como se instauró en Gran Bretaña el Estado de Bienestar con objeto de mejorar las condiciones de vida de sus habitantes, los fundadores de la integración europea deseaban mejorar la calidad de vida en el conjunto de Europa. Igualmente importante era el apoyo y sostenimiento de la democracia en la Europa occidental. Sin duda, estos planes, enormemente ambiciosos, se han hecho realidad. La paz, la democracia y la riqueza forman ahora parte integral de la vida de la Europa occidental y son producto de las iniciativas tendentes a la integración europea. En más, la Unión representa a sus estados miembros en el escenario mundial, otorgándoles una influencia que ningún país podría esperar obtener de forma aislada. Basta con que miremos más allá de las fronteras de la Unión Europea para ver cómo las tensiones étnicas y nacionalistas pueden dar al traste con países civilizados. Los recuerdos tienen corta vida y es fácil dar el presente por sentado en la Europa occidental. Pero yo, que he nacido durante una guerra mundial y he combatido en otra, insto a la juventud actual a sumarse con todas sus fuerzas a la Integración Europea. Debemos seguir persiguiendo los ideales de los fundadores de esta Unión para la Paz, la Prosperidad y la Libertad. De ello depende nuestro futuro. www.loscantabros.com © Carlos Gustavo Alútiz Ruisánchez |