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Prologo de Carlos Gustavo Alútiz Ruisánchez El texto que viene a continuación está sacado íntegramente del folleto de la exposición celebrada en el año 2000 en El Corte Inglés de Cantabria, y es un fiel reflejo de la figura de Gustavo Cotera. Al lector interesado en temas cántabros, este artículo le abrirá las puertas al conocimiento de la vida y obra de este genial artista cántabro, al que tanto debemos agradecer y recordar, por haber logrado recuperar del olvido una parte de nuestra historia. Algún día la historia le recordará no por lo que fue, sino por lo que hizo. Además es el ejemplo perfecto para aquellos cántabros que por cosas de la vida deban emigrar a otras tierras, para que no olviden nunca sus orígenes, y enseñen a los suyos el amor a la tierruca, y no se olviden de mirar nunca a “La Montaña”, como buen montañés y buen cántabro, estén donde estén. Por primera vez se abren al público las carpetas de Gustavo Cotera. Nunca hasta ahora se habían expuesto los dibujos de este gran ilustrador cántabro que, si bien famoso por sus estudios a favor de la cultura tradicional, ha optado por vivir en apartado retiro. Una de las cosas que más llama la atención en la obra de Gustavo Cotera es su variedad de estilos; no es habitual que un ilustrador maneje con tanta soltura las líneas más dispares, desde el dibujo serio al cómico, desde los perfiles de trazo escueto a los profusamente adornados, desde el retrato formal a la caricatura chispeante. Dotado para captar el alma de cuanto recrea, la contemplación de su obra nos transporta lo mismo a una atmósfera épica que a la placidez de lo cotidiano. Hay en Gustavo Cotera una envidiable imaginación que plasma con igual acierto, ya el más cruel pasaje de las Guerras Cántabras, ya un baile de luciérnagas a la luz de la luna. Nada se resiste a su lápiz que pergeña todo un universo heterogéneo, infundiendo a sus seres un sello personalísimo: figuras plenas de movimiento, de carácter, de expresión..., terribles unas, tiernas otras, a menudo escapadas del rico mundo perdido que fue la cultura tradicional. Porque uno de los amores de Gustavo Cotera -junto al de los animales- es el de la sabiduría antigua y campesina, hoy desgraciadamente arrinconada por una subcultura de hamburguesa y lata de refresco. Durante años, este dibujante y etnógrafo ha recorrido un sinfín de aldeas, recopilando romances, cuentos maravillosos, noticias de danzas y vestimentas primitivas... A su incansable estudio se debe el que Cantabria haya recuperado los trajes castizos de sus valles; igualmente, a la divulgación escolar de los mapas mitológicos de Gustavo Cotera, debemos el conocimiento del deslumbrante escuadrón de mitos cántabros de primerísimo rango, hasta entonces ignorados por la inmensa mayoría. Desde que el primer mapa mitológico se publicó, para asombro de propios y extraños, ha pasado mucho tiempo; y mucho más desde que Gustavo Cotera, con apenas dieciséis años, se echara por los caminos de Cantabria a embeberse del espíritu de la tierra, que ahora nos devuelve en vivaz caleidoscopio de casi cuatrocientas láminas. La exposición, repartida en distintos apartados, abarca desde aquella etapa adolescente del autor hasta la fecha. Todo un legado cultural de imágenes y símbolos surgidos del talento de un artista, que es a la vez etnógrafo riguroso. Tan original ensamblaje nos brinda una visión insospechada de la Cantabria del ayer. TIPOS Y COSTUMBRES DE CANTABRIA Cual una proyección gráfica de los grandes escritores costumbristas que dio la tierra, las ilustraciones de Gustavo Cotera constituyen un fiel archivo de nuestros usos regionales. Ahora que los pueblos y las gentes pierden sus peculiares rasgos fisonómicos, los tipos y escenas que aquí desfilan son como un contrapunto al acelerado vivir actual: romerías montesinas a las que acuden carretas adornadas con colchas, ramos y escapularios; mascaradas invernales de La Viejanera, donde zarramacos con la cara de hollín hacen sonar gigantescos campanos entre pomposa escolta de galanes; bravos marceros del Alto Asón con palancos para saltar hasta la altura de los balcones...Y, a la par, el apunte cotidiano de la Cantabria que fue: el rezo obligado “Por los navegantes de mar y tierra...”, el toque de rabel en un cocina purriega..., la chataruncia que hace un alto en el camino para echar una pipada en su cachimba de yeso... APUNTES DE ETNOGRAFÍA CÁNTABRA Los estudiosos y aficionados a la etnografía -rama de la antropología que versa sobre la cultura tradicional- tienen a Gustavo Cotera como el mejor dibujante etnográfico español; de una punta a otra de la nación, sus trabajos e ilustraciones así lo avalan: Salamanca, Vizcaya, Madrid, León, Tenerife, Zamora..., han sido algunas zonas donde el autor ha recopilado en multitud de apuntes el acervo popular. Obviamente, la región de Cantabria ocupa un lugar principal en sus cuadernos de campo, y a ellos pertenece esta somera muestra de tipologías de cuévanos, de albarcas, de prendas de vestir minuciosamente retratadas, prueba su buen hacer como artista y como etnógrafo. INDUMENTARIA CÁNTABRA Debemos a Gustavo Cotera el que Cantabria haya recobrado sus diversos trajes castizos, aquellos perdidos por completo al imponer los coros y danzas un único uniforme coreográfico durante el siglo XX. Sin embargo, habían sido otros los atalajes festivos en sus diferenciados valles y comarcas: lebaniegos enteramente vestidos del burdo sayal de sus telares; campurrianos de montera picona atiesada con engrudo; montañeses de pantalones remontados de artísticos parches, un clavel tras la oreja y siemprevivas y plumas de pavo real al sombrero; pescadores de la capital, los hombres con globosa boina empavesada de enorme borlón; trasmeranos de blusuca corta y gorro marinero; tudancos de chaquetón verde o encarnado; tresvisanos de aire astur en su porte... Trajes, que camparon por nuestros corros y romerías a lo largo del siglo XIX; trajes de sencillez extrema, de parco adorno rectilíneo, donde destacan el calzado de madera, la cabeza siempre cubierta, el palo en la mano del varón y el aniñado y primitivísimo peinado de trenzas femenino. El aparejo pasiego, más recargado y pintoresco, ocupa un puesto de primera fila, ellos con tintineantes y profusas botonaduras de monedas de plata y un palanco de siete pies con el que realizar sus increíbles saltos, ellas abrumadas de corales y cadenas al cuello, más el peso del cuévano niñero, cuna ambulante de vistosos toldos donde llevar al chiquitín. Mención aparte merecen los curiosos atavíos de origen medieval rescatados por Gustavo Cotera en pinturas de viejos códices inéditos, en la imaginería popular o en noticias de la época, trajes que en su día fueron “típicos” de cada alfoz cántabro, pero que nada tiene que ver con lo que hoy entendemos por “traje regional”, fenómeno este más moderno como queda dicho. En la desconocida galería de indumentos medievales que Gustavo Cotera nos desvela, sorprenden las aparatosas tocas femeniles de las cántabras, algunas realizadas con más de veinte metros de vendas, en caprichosas figuras donde no faltan aquellas de estirpe fálica exclusivas de las casadas, morriones que, según una crónica de 1517, se tenían ya entonces como herencia de tocados paganos anteriores a la arribada del cristianismo a Cantabria. Antiquísima, también, la costumbre de que las doncellas luciesen la cabeza descubierta, trasquiladas a raíz salvo raros mechones, a menudo la tapa de los sesos afeitada. LA EPOPEYA DE CANTABRIA Cantabria, un país que ya se llamaba así antes de Cristo, y cuyos límites correspondían casi enteramente con la actual región autonómica, entraría por la puerta grande de la Historia desafiando al imperio romano que entonces dominaba todo el mundo conocido. Durante el mandato de Octavio Augusto, hace dos mil años, se desatan las terribles Guerras Cántabras, en las que las legiones invasoras sufren constantes reveses, a tal punto que el propio César viaja hasta Cantabria para ponerse al mando de una ofensiva sin igual. Frente a él se yergue la figura de Corocotta, caudillo nativo por cuya captura ofrece el emperador la impresionante suma de 200.000 sextercios, a lo que responde el guerrero presentándose en persona a cobrar la recompensa. Augusto, decaído y enfermo, abandona Cantabria, y será el año 19 antes de Cristo que estalla la más cruel de las guerras, cuando Roma asola este territorio en una lucha de exterminio a sangre y fuego: los castros son arrasados; las colinas se pueblan de interminables hileras de cruces donde agonizan sus habitantes, aún con fuerzas para entonar himnos de combate; las madres matan a sus hijos para que no caigan en manos del enemigo; los niños, por orden de sus padres, les dan muerte; las cántabras cautivas quitan la vida a sus compañeras de infortunio... Tan bárbaras escenas de heroísmo, tan exaltado amor a la libertad, por fuerza siguen conmocionando veinte siglos después, y ofrecen tema a Gustavo Cotera para su serie La epopeya de Cantabria, colección de dibujos hoy desgraciadamente en paradero desconocido, de la cual sólo se han podido recuperar este puñado de estampas. CANTABRIA CÓMICA El rasgo caricaturesco, el gracejo, la tierna ironía, son notas habituales en la obra de Gustavo Cotera, tentado siempre a ofrecer una segunda lectura humorística de cuantos temas aborda, de tal suerte que, la mitología, las Guerras contra Roma, los usos y los trajes populares, los personajes de la novela costumbrista..., hallan su réplica zumbona en chispeantes viñetas. Por todas campea el genial trazo del autor, su cuidado por el detalle, la propiedad para caracterizar los tipos, su conocimiento de la cultura tradicional, lo que no obsta para que, intencionadamente, juegue con evidentes y chuscos anacronismos, sobre todo en sus estampas de la Cantabria anterior a Cristo. Así, por ejemplo, vemos entonar picayos o bailar a lo alto y a lo bajo en un castro indígena, cuyas cabañas, a su vez, ostentan elementos de la arquitectura montañesa muy posteriores (solana, portalada...), sin olvidar los escudos heráldicos, manía nobiliaria tan del país. MITOLOGÍA DE CANTABRIA Como el resto del norte peninsular, Cantabria cuenta con una mitología de excepcional mérito, hasta hace un par de décadas desconocida dentro y fuera del país, pues, si siempre eran citados los mitos vascos, astures y galaicos, sistemáticamente se pasaba por alto esta región, ignorando su trasmundo mágico. Consciente del deslumbrante filón mitológico que escondía esta tierra verde, Gustavo Cotera se propone divulgar en las escuelas lo más representativo de la tropilla que puebla nuestras alamedas subterráneas. Realiza al efecto sus famosos Mapas mitológicos de Cantabria, dando charlas y proyecciones en infinidad de centros escolares. El éxito es rotundo y, de la noche a la maña, tentirujos, ventolines y nuberos pasan a ser del dominio común. En dicha labor difusora, merece una mención especialísima Jesús García Preciados, quien todavía recogerá a finales de siglo XX numerosos vestigios de mitos locales. Tres son los personajes a destacar en la mitología nativa: el ojáncano, cíclope al que sólo se logra vencer arrancándole un pelo blanco de sus barbas coloradas; la anjana, bondadosa hada pequeñina de los bosques y las fuentes, y, en contraste con ella, la ojáncana, criatura sanguinaria de colmillos de jabalí y pechos enormes volteados a la espalda, monstruo que acomete a cuanto le sale al paso, excepto a la monuca galana (es decir, la comadreja), animalito que la hace retroceder acobardada. En torno a esta trilogía, una inaprensible hueste de seres: trentis, cuegles, mozas del agua, ijanas, mengues, trasgus, moras, gentiles, ramidrejus, familiares, cuines, diablillos cernedores... La fértil imaginación de Gustavo Cotera ha querido entreverlos por un instante asomados al borde del hayedo, de la sima, del remanso sombrío, y así nos los retrata. GUSTAVO COTERA, DIBUJANTE, ETNÓGRAFO Y ANIMALISTA Gustavo Sainz Fernández de la Cotera nace en 1949 en La Lanzaleda, pago del concejo de Santa María de Soscaño, Valle de Carranza, lugar a donde sus padres (oriundos de Encima-Soba y de Liébana, respectivamente) se habían trasladado al comprar allí una finca ganadera. Ya casi desde la cuna, da muestra de sus grandes aficiones en la vida: el dibujo y el amor hacia los animales, que, en aquel ambiente agreste, serán sus compañeros de juegos. Con dieciséis años empieza a colaborar asiduamente con una importante editora nacional, especializada en publicaciones infantiles y juveniles. Un año después, el Ministerio de Educación y Ciencia premia su trabajo creativo enfocado a los niños. Es por entonces que Gustavo Cotera, atendiendo a sus raíces cántabras, inicia una temprana recogida de aquellas facetas más olvidadas de nuestra cultura tradicional, como la mitología, la indumentaria o los cuentos populares. A sus documentadas imágenes se de debe la divulgación de los mitos, símbolos y avíos de antaño. En 1982, luego de publicar el libro Trajes Populares de Cantabria, es elegido presidente de una asociación creada para investigar y difundir el legado etnográfico del país. Se le nombra, además , miembro del Consejo del Patrimonio Cultural de Cantabria y del Instituto de Etnografía “Hoyos Sainz”. En 1989, y junto al eminente etnógrafo José Manuel Fraile Gil, imparte en Japón una serie de conferencias sobre la tradición oral hispana. Ese año el Instituto Aragonés de Antropología distingue a Custavo Cotera como mejor dibujante etnográfico, editando una selección de su obra. Otras publicaciones del autor son: Tipos vizcaínos del siglo XIX (Bilbao, 1985), Álbum de “magos” tinerfeños (Tenerife, 1991), Mitología de Cantabria (Santander, 1998), El traje en Cantabria (Santander, 1999), La indumentaria tradicional en Aliste (Zamora, 2000), etc. Al presente, y como alternativa al quehacer investigador y artístico, Gustavo Cotera quiere aplicar su esfuerzo en defensa de los derechos de los animales y de la Naturaleza. www.loscantabros.com © Carlos Gustavo Alútiz Ruisánchez |