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ABORÍGENS, CUEVAS, DÓLMENES. ETIMOLOGÍAS ( 4ª Parte )
Cavernas y dólmenes se hallan en la Montaña, en regiones apartadas y distintas. Aquéllas en la marina y tierra baja, éstos en lo alto y rayano de Castilla, región trágica y desierta, asombrada por frecuentes nubes, arrecida por tenaces nieves, desvelada por el silbo agudo del viento en los páramos. En ella comienza, cayendo desde los puertos de Iger, y abriéndose hacia Levante, la vasta cuenca en cuyo fondo nace el Ebro. Los dólmenes, como las cavernas, tuvieron explorador inteligente y atrevido, hijo de la explorada tierra, y su ciego enamorado, quien los vio y escribió de ellos a la luz de los tiempos de su exploración (1). (1) Don Angel de los Ríos y Ríos, correspondiente de la Real Academia de la Historia y cronista de la provincia, en el Semanario Pintoresco Español, tomo XXII, 1857. Rigurosamente hablando, los monumentos eran dos, dolmen uno de ellos. Del otro se ve la pieza mayor o mesa caída de sus antiguos encajes, descalzada por los agentes poderosos del tiempo y de la Naturaleza, nieves, huracanes, estremecimientos del suelo o el misterioso roer de los siglos. Está en el escarpe septentrional de la cuenca, al cual dicen puerto de Sejos. Y acaso fue de aquellas piedras gigantes que se llamaron piedras oscilantes o trémulas, puestas en tan maravilloso equilibrio, que el más ligero impulso las movía. Plinio cuenta de una que hubo cerca de Harpassa, pueblo asiático. “Cerca de Harpassa -dice-, pueblo del Asia, hay una roca inmensa, que con sólo un dedo puede moverse.” (2). (2) “Juxta Harpassa, oppidum Asiae, cautes stat horrenda, uno digito nobilis.” (Historia Natural, lib. II, 98.) Harpassa, según los geólogos modernos, es Arab-Hissar en Caramania, provincia turca del Asia Menor. Esta fue la antigua Caria, colonia famosa en las historias y mitología griegas. Sirvieron, si la tradición no engaña, de piedras probatorias para los acusados inconfesos. Los que lograban moverlas, declarábanse inocentes; aquel a quien la piedra resistía, teníase por culpado. Mas éstos son comentarios venidos después, y que acaso en nada tocan a los artífices de aquellos monumentos. No demos suelta a la imaginación antes de su hora. El dolmen montañés de que hasta ahora tenemos noticia se levanta en la vertiente o escarpe meridional de la misma cuenca, en la llamada Sierra de Brasoñera y paraje de ésta, dicho el Abra. Dolmen del Abra le llama su descubridor (3). Es una inmensa cobija de 22 pies de largo y 10 de alto de esquina a esquina (pues de esquina y no de plano está puesta sobre las piedras menores que la sostienen), encima de una ancha mesa granítica de 30 pies de diámetro. Y esta mesa, cortada a plomo, casi horizontal y desigual apenas en su plano superior, se levanta a alturas que varían entre 5 y 30 pies sobre el terreno pedregoso y quebrado en que asienta. De manera que éstas son rocas macizas erigidas sobre roca viva, donde no fue posible dar tierra a muertos. Memoria o cenotafio, tosco ídolo levantado sobre un ara natural pudiera haber sido, no sepultura. (3) En los mapas se lee, y en boca de las gentes suena por aquellos parajes, la voz Labra, Peñalabra, Labra la Vieja (Que supone otra Labra). El señor Ríos, peritísimo en los lugares, en su historia y topografía, usos y lenguaje, escribe dolmen del Abra, ermita del Abra, cuesta del Abra, dibujando con el vocablo el sitio, ya que uno de los significados de “abra” en castellano sea el de “abertura ancha y despejada que se encuentra entre dos montañas”; del latino aperire?. No se parece, pues, a otros dólmenes registrados en nuestra Península, en Galicia y Portugal. Se aparta de ellos en su disposición como en su destino, puesto que en ellos la piedra principal, la mesa o techo (según de donde y como se mire el monumento), presenta al cielo una de sus caras y el nuestro una de sus aristas, no habiendo lugar en éste para conjeturas que en aquéllos sean atinadas y oportunas. Y se aparta asimismo en el corte y proporción de sus miembros. Alguno más parecido se halla entre los figurados en libros que tratan de la Bretaña francesa, tierra céltica, rica en testimonios de origen y raza, y aula en que prolijamente han sido estudiados (4). (4) En el Semanario copia el señor Ríos, junto al dolmen del Abra, y para comparación de ambos, el bretón de Locmariaker. Ser ello hechura de hombres no parece dudoso. “Hallándose -dice su explorador- una de las piedras que sostienen a la superior en posición diagonal para adaptarse al costado de la misma, se halla a su vez apuntalada por otra piedrezuela no mayor que ocho pulgadas de alto y tres de grueso, que, sin embargo, no se puede arrancar de su sitio por bien que se tire de ella, ni casi es posible atreverse temiendo el desplome de todo.” Hechura humana, sin embargo, parece a todas luces la disposición en difícil equilibrio de las piedras de que antes hablamos, y se han dicho piedras oscilatorias o temblantes, y ya hombres avezados a estos estudios, eminentes en ellos, aceptan la opinión que explica el caso como debido a fenómenos naturales. Uno pudo ser el empleo que a estos monumentos dieran sus fundadores, otro el que les diesen las gentes que los sucedieron y heredaron. El bretón de ahora se postra o se santigua delante del menhir (5), otra piedra hermana del dolmen en estirpe, vejez y misterio, cuando ve en ella el signo redentor o el nombre santo de María grabado por sus abuelos cristianos. ¿Tan seguro es que los huesos guardados bajo un dolmen sean de un pueblo que, hallando el dolmen edificado, lo aprovechó para sepulcro duradero de sus próceres o de sus héroes?. (5) Piedra larga en céltico: men, piedra; hir, largo. ¿Qué sabrá el dolmen del Abra de historia nuestra? ¿Qué pudiera decir si hablase? ¿Qué habrá visto de grandezas y miserias de nuestros mayores? ¿Qué de valor en ellos, de sublime desesperar, de arrojo no atajado sino por la muerte, de amor impávido a la patria y a su independencia?. ¿Se alzó sobre la escabrosa tabla el sacerdote, caudillo a la par, llamando a guerra las dispersas tribus, ofreciéndoles el feliz agüero del sacrificio humano, invocando a aquel Dios ignoto del cual no sabían ni confesaban la forma, pero al cual veían evidente, ya propicio, ya vengador y severo en cuanto los rodeaba, en la niebla pavorosa, en el rugir temeroso del agua del viento, en los estremecimientos del bosque y los alaridos de la tormenta, en el ceño del cielo cuando nublado, en sus abismos azules cuando limpio y sereno? ¿Sentose sobre ella el Juez dispensador de la muerte y de la vida, árbitro supremo a cuyo fallo acudía el oprimido, en cuya presencia temblaba el criminal? ¿Bajaron de allí las sentencias, gritáronse las leyes, repartiéronse santificadas las armas antiguas, el guijarro cogido en el arroyo, el asta desgajada del fresno, la punta o la hoja saltada en las canteras de pedernal o de espejuelo, la honda trenzada de aneas de la marisma o acaso de cabello de mujeres?. * * * ¡Iger, Sejos, Camesa, Camargo! ¿Quién compuso o halló esos nombres y los dio a los lugares que los llevan? ¿Qué quieren decir?.En ésta, como en todas las regiones habitadas por hombres, hallarán los entendidos, cuando se paren a deletrear su suelo, rastro de las lenguas varias habladas por las generaciones que de paso o de asiento le ocuparon; mas escogidos y descartados los nombres de evidente origen y significado manifiesto, siempre ha de quedarles porción no corta de otros impenetrables y oscuros: los originados de la necesidad primera, los caídos de los labios de aquellos primitivos dueños y poseedores de la tierra, de cuya lengua nadie sabe. Y las sucesivas gentes no tanto dieron nombre nuevo a objetos y lugares, cuanto acomodaron los que les hallaron puestos a las formas del lenguaje en que ellas se entendían. Parece el nombre complemento de creación o creación segunda. Del caos primero sacó el Criador las formas; caos es también lo innominado, del cual sacará los nombres por medio del hombre, su propia criatura, en cuyos labios pondrá eficacia semejante a la de su palabra divina. Forma es el nombre que acaba y define las cosas; forma aérea, inmaterial y animada; trazo que habla, sonido que pinta, cuño que aparta, limita, incluye y sella cada ser y cada cosa. Sirve el nombre al espíritu como la mano al cuerpo, para llamar a sí lo que le atrae y alejar lo que le repugna; aventájase a la mano en el alcance, que es cuanto el de la intención, la necesidad o la memoria. Y es comienzo y modo de posesión. No hay posesión cabal y absoluta sin el nombre de lo poseído, y alcanza a más: a dar forma de posesión sobre cosas que de modo real y tangible no pueden ser poseídas. “¿Quién sabrá del cielo sino por regalo y favor del mismo cielo? ¿Quién conocerá de Dios no siendo algo y parte del mismo Dios?”, decía el gentil en aquellos días de Roma, en que pareció tocar al genio de Occidente un rayo présago del nuevo sol, cuyo Oriente se acercaba. ¿Quién, sino enseñado a discurrir por gracia de lo alto, hábil para dar forma al discurso modelando el sonido por disposición prodigiosa del organismo que a la Providencia debe, pudiera, puesto en medio de la creación, desentrañar de la confusión inmensa que le rodea cada cosa de las que prefiere, de las que necesita? ¿Quién ha de llamarlas con el nombre, dando cuerpo a la voz acordada y medida, a la cual, ya que no responde, parece atender la naturaleza inanimada, cuando herida por el son candente que vibra en la lengua humana?. Traían aprendido el nombre genérico y común de las cosas, el puesto por el mismo Dios en las horas primeras del mundo al mar y a la tierra, al cielo y a las luces que en él arden partiendo el día y la noche, el aprendido de sus progenitores en la tierra de su nacimiento, en las regiones de su tránsito. Mas a estas voces de vasto y general sentido habían de ponerles apellido que las ligase y redujese al nuevo suelo que habían de llamar suyo, al lugar donde posaran y se albergasen y viviesen, a la corriente de donde vengan a beber, al bosque que los haya de alimentar, al monte donde cacen, al escollo donde pesquen, a la mansa playa que los tiente a navegar, a la distante cordillera que les cierre el horizonte y les limite el mundo y lo reduzca a “la patria”. |
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