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ABORÍGENS, CUEVAS, DÓLMENES. ETIMOLOGÍAS ( 3ª Parte )
Qué razón pudo mover a hombres de ahora a manchar caprichosamente con juguetona mano la honda gruta, no es para investigado por quien no fuera maestro en escrutar entrañas e intenciones. Y por maestro que fuera, ¿habrá quien sepa todos los caminos por donde busca satisfacerse el sentimiento humano? No dejan de tener causa las cosas porque quien la indaga no acierte con ella, ni la relación de efecto a causa es tan clara siempre que demos con ella a los pocos intentos, aun buscándola con libertad e independencia absolutas, difíciles en hombres. Figuras hay en otras paredes y estancias de la cueva no tan pintadas y concluidas. Las hay de mero contorno, de formas animadas; pero que se apartan de las que conocemos vivas, si en algo se asemejan a algunas de ellas. Cuando no sean con las anteriores hijas de un padre, han de serlo de padres hermanos. Y, por último, ¿quieren decir algo, o no dicen nada las líneas ondeadas con amagos de paralelas y horizontales, trazadas en negro por mano temblona o insegura, cortadas por otras más cortas verticales y en rojo que se ven en una galería, y aquellas otras en otra, todas negras, partidas por un dibujo semejante, remedando abultada trama de grosero tejido? ¿Es ello malicia o pasatiempo moderno, o principiaron por ahí a escribir en piedra los montañeses, como principiaron otros pueblos, montañeses también, y siguieron escribiendo aún más adelantados en saber que los habitantes de Altamira?. Estos dibujos extraños, en que amanece la idea de orden y simetría, pudieran marcar otra edad montañesa menos lejana que las de los pedernales tallados y las piedras bruñidas, y llevarnos hasta la noticia de otra tercera edad más joven que ambas, aun cuando, como ellas, apenas columbrada en las nieblas de remotísimo pasado. ¿Cuánto tardaron las generaciones científicas en leer las runas escandinavas? * * * Grandes trozos de piedra, encaramados y suspendidos sobre otros hincados en el suelo, forman lo que anticuarios célticos apellidaron dolmen, o mesa de piedra, atribuyendo la obra al pueblo, cuya historia, lengua y artes estudiaban. Otros estudios más recientes quieren corregir los antiguos, teniéndolos por descaminados: quitan a los celtas la atribución de esas fábricas rudas, solemnes y misteriosas, y la dan a pueblos menos conocidos y más viejos, a hombres que, si no tenían para sus usos otro servidor que la piedra, habían aprendido a tratarla de más ingeniosa manera que a golpes, y a escoger entre piedras varias la que mejor se dejase tratar para deleitar los ojos con su brillo y pulimento, y servir a lo que bruñida y suave pudiera y no pudiera aderezada de más grosero modo. De ello han llamado a esta edad los sabios edad de la piedra pulimentada.A la Industria de acicalar piedrezuelas o guijarros juntaron, sin duda, aquellos hombres la de mover, concertar y suspender moles cuya grandeza y situación espantan. Porque excavando al pie o debajo de estos dólmenes, se hallaron instrumentos de guerra o de industria iguales a los que aquellos hombres usaron, y con ellos huesos y despojos humanos que manifiestan haber sido el lugar sepultura. Y de estos dólmenes o sepulcros monumentales se ven en regiones a donde no es sabido que los celtas llegasen. Sin embargo, aprender un pueblo de otro y tomarle sus invenciones, sus leyes y sus costumbres, debió de suceder desde el día en que dos pueblos, acercándose, o trataron o riñeron. Acaso los tiempos de la Humanidad, los de su historia y de sus artes se distinguen y separan entre sí al modo que los siete colores de la luz descompuesta por el agua o por el vidrio. Cálanse uno a otro los dos inmediatos, y recíprocamente se empañan, sin que haya ojos que perciban ni pulso que trace la línea efectiva y material de su separación. Hay una como región intermedia que de ambos colores tiene, y a uno y otro pertenece, sin poderse decir exclusiva de ninguno de ellos. Fijar fechas a las mudanzas de los hombres durante las nieblas pardas de su historia, a sus ascensiones y caídas, parece empresa de difícil acierto. Hácese, o más bien, tiéntase a larga distancia de las épocas y de los sucesos, desde donde se ve poco, nada de lo menudo, y únicamente lo más abultado y llamativo. De ahí, en ocasiones llega el saber humano al conocimiento de lo que no ha visto; en otras, a la necesidad de mudar consejo y corregirse a sí propio. |
| www.loscantabros.com © Carlos Gustavo Alútiz Ruisánchez - 2003 alutiz@yahoo.es
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