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ABORÍGENS, CUEVAS, DÓLMENES. ETIMOLOGÍAS ( 2ª Parte )
Las cuevas en Revilla del Valle de Camargo y de Altamira, cerca de Santillana, en aquella región que se llamó un día Alfoz de Camesa, exploradas por un observador de los más curiosos, tenaces y eruditos que entre los contemporáneos tuvo la Montaña, ensanchan los términos de nuestra historia hacia sus orígenes. Los entendidos que quieran estudiarla completa, han de comenzar por aquel período primero de la dicha edad de piedra, que se llamó de la piedra tallada, porque a golpes de otra, o más dura o más gruesa, la acomodaba a sus usos el hombre. Halló Sautuola, en Revilla, entre otros restos, contemporáneos o no unos de otros, mezcla de tierra y cenizas, trozos de piedra informes, cristal de roca, algo de alfarería, rocas extrañas a la provincia, otras a medio labrar; y de ello y de su abundancia dedujo que la cueva, desacomodada para vivienda, sería taller de aquellos artífices primitivos. El taller supone industria, la industria cambio o comercio: ¿qué relaciones de este linaje tendrían entre sí o con vecinos suyos los primeros montañeses? Estos hábitos mercantiles, aunque en mantillas, ¿serían rastro de otro estado de superior cultura? ¿No encierran o contienen en sustancia ideas de cantidad, proporción y equivalencia? ¿Bastó a suscitar y desenvolver estos gérmenes preciosos en la mente humana, objeto tan ruin, de tan corto valer como un trozo de piedra informe, ofrecido sin ruego y en abundancia por la naturaleza desnuda, o surgieron y medraron a la par el esfuerzo del pensamiento y la industria de la mano para mudar forma y estado a lo que el suelo presentaba ocioso e inútil, y trocarlo en manejable y provechoso? ¡Quién sabe lo que puede tornar a valer mañana la tradición, hoy menospreciada, de haber venido a ser estirpe de las razas de ocaso un Túbal, primer concertador de sonidos; un Tubalcaín, primer fundidor de metales! Primeros dije más arriba, estando a lo que hoy sabemos; mañana, acaso, sabremos otra cosa, como en otras partes ya saben: que aquella tosca cultura de piedra vino después, y fue degeneración de otra más cuidada y dificultosa. O acaso tiempos y estudios afirmarán que los hombres aquí venidos al despertar del mundo, sin que sepamos la hora de su llegada ni el camino que trajeron, vinieron malbaratada ya y desconocida la herencia de sus progenitores. ¿Cuánto duró su peregrinación desde la tierra de Oriente, cuna de la luz y del linaje humano, hasta estas remotas y oscuras partes occidentales? Jornadas de miseria, andadas por regiones inhospitalarias, dejando de los suyos en una y otra, desmembrándose y enflaqueciendo; estancias de siglos acaso, reposos necesarios hasta recobrar las fuerzas y el andar; rencores nacientes entre el fuerte y el que lo era menos, entre el industrioso y el indolente; entorpecimiento de la mente distraída a la caza o a la guerra; callo de la piedra o el garrote en la mano desacostumbrada del cincel y la hachuela; ruina a la postre y decadencia tanta del espíritu, que olvidado de haber sabido fabricarse vivienda, fábrica pobre, pero fábrica humana, hallando aquí abrigo en la caverna, no supo edificarse otro. ¿Conservaban el uso del fuego, o habían caído al extremo que pinta la imaginación de los latinos de abrigarse entre el ramaje de la lluvia y de los vientos?." ¿Las cenizas que acompañan a las obras de aquellos hombres son obra asimismo de ellos? El agua corriente, de cuyo paso ofrecen señales seguras las cavernas, que sepultó las guijas y descarnó los castros, lo mismo junta que dispersa, así trae como lleva, y entierra en un lugar lo que puso en otro a descubierto. De su acción es fácil conocer, difícil afirmar. * * * La cueva de Altamira ofreció a su explorador hallazgos de mayor interés y cuantía que la de Camargo. Es más vasta: repártese en estancias varias y de proporción diversa, semejantes en lo singular y temeroso del aspecto que ofrecen las cavernas montañesas. Dentro de ellas diríase que hirvió la roca hinchando desmesuradas ampollas; cuajolas el frío, y al correr a lo largo de las cóncavas paredes, la piedra fundida, cayendo vencida del propio peso, enfriose lentamente, quedando en anchas lenguas agarradas al subterráneo del muro. Y tan viva y fiel conservaron endurecidas la forma ondeada y suave que al fluir tuvieron, que, engañado el curioso, tienta todavía su blandura figurándose poder hincar en la roca su palo. Amenazas de arriba y de abajo, del techo y del suelo, hacen vacilar el paso. Piedras caídas de la bóveda avisan que otras iguales y mayores pueden caer como ellas cayeron, y acaso sobre el desprevenido; y el golpe sonoro y medido, medido por Dios, de la gota de agua, que suelta de la oscura, y en parajes invisible bóveda, alimenta la quieta charca más lejos insondable pozo semejando contar las horas, dice que acaso cuenta la postrera de quien no supiere esperar y sin prudente guía se aventurase más allá de los términos que a todo humano intento pone la Naturaleza.Parecieron allí, entre los sabidos pedernales y cuarzos de una u otra grandeza y labra, instrumentos de hueso, rayados en forma que sus rayas pudieran tomarse, dejando hablar a la imaginación, o tal vez a la experiencia, por símbolos, o cifras, o letras, o mero adorno. Y cuando algunos de aquellos huesos hubieren sido puntas de arma arrojadiza, las muescas o rayas abiertas en el hueso pudieron servir para depósito de ponzoña que hiciera sus heridas mortales. Parecieron allí, asimismo, conchas de moluscos, de estos que nosotros llamamos llampas, lapas los castellanos, y los naturalistas clasifican en el género patella. Eran de tamaño tal y tan regular la órbita de su contorno, cuales no conocían otras los hombres ocupados en estudios semejantes: por ellas quedó perpetuado en la ciencia el apellido del descubridor montañés. De lo descubierto en Altamira, no causó mayor ruido entre las gentes aquello de que, siguiendo ya trazados rumbos, pudieron sabios servirse para llevar un hilo de luz a remota y tenebrosa noche. Causolo otra cosa, y fue de esta manera. Sautuola, en sus visitas a la cueva, movía y escudriñaba el suelo; del techo se cuidaba poco. Acompañose cierto día de su hija, niña de pocos años, y ésta, o movida del instinto que nos hace mirar arriba cuando entramos donde la luz es poca y tememos lo que de arriba puede venirnos, o dotada de menos cansados ojos que su padre, fijolos en el techo y llamó la atención del naturalista hacia lo que en el techo veía. Era, pintada en la bóveda desigual y áspera, una vacada desmandada y revuelta; toros de alto cerro, humillado testuz y enfurecidos ojos, corriendo arriba y abajo, huyéndose y encontrándose, cayendo unos o revolcándose; de otros, una sola parte del cuerpo manifiesta, las fornidas ancas, el velludo pecho, como si salieran de la roca o se entrasen en ella. Fantasía de artista que probó sus materiales o ensayó la inspiración para obras mayores. Y luego, amaestrada la vista y hecha a la confusión y oscuridad, una corza en una parte, un jabalí disparado en otra, un busto de caballo. ¿Qué significa todo ello? ¿Quién lo hizo? ¿Los mismos hombres que rompieron los pedernales, trabajaron los huesos, comieron los moluscos, de que tanta copia y testimonio ofrece la cueva? Eso piensan geólogos eminentes: no están con ellos los artistas. Hallan éstos en las pinturas ciertos dejos indudables y sabor de obra reciente, aun sin contar con que las cavernas montañesas pudieron estar, y acaso estuvieron efectivamente, habitadas en épocas posteriores a estas en cuyo examen andamos, y harto mejor conocidas. “Yendo a más los pecados de los hombres, rota y sujeta España por la fuerte mano sarracena, muchos cristianos perecieron al filo de la espada; y los escapados de ella, recogiéndose a las costas del mar, habitaron los huecos de las rocas”, dice un documento del siglo X. Y aun cuando hable del territorio gallego, no parece temerario extender lo que dice al territorio montañés, más limpio al cabo de enemigos que el de Galicia, buena parte del cual fue pronto ocupada por los moros. Y si llegaron a Altamira algunos de los huidos del Guadalete, y es lícito a un profano fallar donde discordaron doctos o enmudecieron, tampoco son de ellos aquellas pinturas. El arte visigodo que ellos traerían imitaba pálidamente el arte bizantino en telas, alhajas y libros; a la estirpe oriental mezclaba en escultura y arquitectura el recuerdo descolorido o viciado de Roma; mas no era esa escuela buena maestra, aun seguida de cerca, para el estudio y reproducción de la Naturaleza viva. Y los animales de Altamira, amanerados e incorrectos, sean magnificado retrato de las razas que pastan en las cercanías, sean intentada memoria de su progenitor, el clásico urus de la Selva Negra, o del bisonte antiguo que aún puebla los bosques de la Lituania, viven y manifiestan claros la acción de sus instintos, el impulso de sus sensaciones y el movimiento de sus músculos y huesos. No se ve tanto el pensamiento del artista, si hubo allí un pensamiento en que estuvieran unidas las acciones varias y situación de las figuras. |
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