« ANTIGÜEDADES MONTAÑESAS »
ABORÍGENS, CUEVAS, DÓLMENES. ETIMOLOGÍAS
( 1ª Parte )


AUTOR:

Amós de Escalante.

OBRA:

« ANTIGÜEDADES MONTAÑESAS »

AÑO:

1890.



¿Cuál sería el hombre, cuál la familia, cuál la tribu que primero pareció sobre esta tierra que llamamos patria los montañeses? ¿Quién primero abordó a sus costas y bajó sus montes; bebió sus aguas, gustó sus frutos, cazó sus fieras, vistió sus hojas, amasó sus lodos o se albergó en sus grutas?

¿Cuál sería en su origen esta raza, y cómo al crecer y desenvolverse fue cobrando sus modos de ser de ahora y sus modos sucesivos de vivir? ¿Los hombres que llegaron primero a este suelo áspero y frondoso, duro al pie y a la mano, placentero a los ojos, grandioso y austero en lo marítimo y mediterráneo, abrigado y seguro en lo llano y tratable, fresco y sombrío, risueño en la verdura y lo florido de sus prados, llamador en la pompa de sus bosques, opulento y prócer en los troncos erguidos de sus árboles gigantes y apretados, por cuál impulso de la voluntad eran traídos? ¿Qué cuerda movió en sus entrañas la Providencia que los guiaba? ¿La del espanto, de la necesidad o de la codicia? ¿Eran guerreros vencidos, pastores errantes, labradores expatriados, mercaderes vagabundos? ¿O eran no más peregrinos obedientes a la voz interna que desde la cuna del linaje humano los dispersaba por los términos de la tierra para ser en ellos padres de razas y de gentes?

¿O brotó la raza del suelo que había de ocupar, como brotaron sus plantas, como brotaron sus rocas, como brotaron sus arroyos en la hora fatal y precisa de la creación, en que para el orden completo y movimiento de la magnífica obra faltaba solamente en ella el hombre, expresión última y soberana del poder de Dios y reflejo inmortal de su naturaleza eterna?

Habrá quien a la duda responda o la comente; ¿habrá quien la satisfaga? No toca a este libro profesar: bástale referir. Escríbese relatando lo visto, repitiendo lo leído, dentro de la fe antigua de los mayores, nunca lastimada por novedades; acatando el mejor saber, mas desoyendo toda propuesta de rebeldía. Piensa que no cabe contradicción entre la palabra revelada y el conocimiento científico: ambos proceden de Dios, aun cuando puede el hombre usar mal de ellos.

La doctrina de la inspiración de lo alto en ciertos varones escogidos, no es doctrina inventada por nuestra Iglesia: la profesaron gentiles tiempos antes del nacimiento de la Iglesia. “Nunca hombre alcanzó superior grandeza, sino movido por cierto hálito divino”, dice el filósofo estoico Balbo, hablando en el diálogo De la naturaleza de los dioses , escrito por Cicerón.

Y aquel historiador de los orígenes humanos, Moisés, dócil a la voz que oía, no escribió para anticiparse a curiosidades de siglos venideros; mas para transmitir la historia y la ley a un pueblo que necesitaba conocer su ley que merecía saber su historia. Abiertas quedaron las hojas del inspirado libro para cuanto, a juicio de los maestros de doctrina, no las niegue o las contradiga

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De remotísimo tiempo quedan vestigios de moradores en la Montaña. De aquel en que parecieron los hombres buscar refugio a las inclemencias del cielo en el seno de la tierra de que habían nacido: en las oquedades de las rocas, donde la tradición antigua les atribuye hogar y templo y morada común con los animales que les servían, y donde los modernos hallan las reliquias de sus talleres y las señales de su industria.

Tiempos tristes y triste vida, puesto que a ella había caído el hombre desde las alturas de otro vivir, si no del todo culto, más holgado y próspero que la vida en las cavernas.

Tiempos duros a que llamó la ciencia, y les conviene el apellido, edad de piedra, ya que la piedra era, al parecer, el único y más íntimo auxiliar que el hombre tenía para atenderse a sí propio y atender a sus necesidades. Hachas, martillos, punzones, cuchillos y agujas, lanzas y saetas, herramientas de artesano y armas de cazador, todo era de piedra.

Piedra era acaso, religiosa silex , piedra tosca y sin labrar, la efigie del Dios, o tradicional o instintivo, que para ellos relampagueaba en la tormenta, bullía en el follaje o se disipaba en el oreo de las rompientes marinas. Y cuando el pedernal les hubo servido para postrar la bestia selvática, en los despojos de ella hallaron carne para comer, pieles que vestir y huesos que ofrecían materia más dócil, ya bruñida y modelada, para utensilios, a cuya forma y uso no se plegaba la intratable piedra.

Es oficio de la tierra alimentarse de sí misma. Entiéndase por tierra lo material de la creación. Crear y consumir es su vida. Y vive devorándose a sí propia para tornar a producir.

Sea que a veces fue más el manjar que el apetito, o que éste, ciego y más de glotón que de hambriento, como el de ciertos animales carniceros, dejó caer parte del manjar, de aquello que la tierra debió devorar en señalados tiempos, quedaron restos sin consumir.

Hallolos el hombre, y estudiados, le enseñan lo que fue la tierra y lo que fueron sus propios ascendientes humanos en esta o la otra edad de su ser, que sin aquellos indicios permanecería desconocida.

Y oscurecidas permanecieron dilatados siglos, porque la curiosidad que en ello entiende es novísima, de las mocedades del nuestro. Los indicios que la movieron y despertaron, piedras y huesos, hubieron de parecer a nuestros mayores -y ¡quién sabe si no han de parecerlo a alguno de nuestros descendientes! raja de canteras, restos de festín, de combate entre hombres y fieras, de fieras entre sí enemigas. Porque, ¿cuál camino de su vida o de su pensamiento anduvo la humanidad sin tanteos y dudas? ¿De cuál llegó al cabo sin contradicciones y arrepentimientos?

Mas nunca entre nosotros faltaron oídos dóciles a las llamadas o ejemplos del arte o de la ciencia, metidos en novedades por el ansia de mayor poder, mayor ostentación o mayor sabiduría.


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© Carlos Gustavo Alútiz Ruisánchez - 2003

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