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Autor: Agustín de Figueroa (Marqués de Santo Floro). Obra: Diario ABC. Año: 3-1-1958 Tema: Brujas. « Conocemos el archivo de don Antonio Cánovas y el de algún otro hombre de Estado. En ellos abundan cartas de recomendación y firmadas por personas ilustres, y otras que revelan una personal ambición. Desea Alarcón una senaduría vitalicia; Zorrilla, una pensión; la condesa de Montijo, una canonjía; Adelardo López de Ayala insiste para que se apoye la candidatura de un amigo suyo en el distrito de Jerez. Se habla mucho de vacantes, destinos, ascensos... Menos interesado se muestra José María de Pereda cuando, en 1883, se dirige a Pedro de Madrazo “sin más títulos que el de semicolega y semiconterráneo”, preocupado por la suerte... de una nodriza. Pide el autor de Peñas arriba un favor que puede ser, al propio tiempo, “acto de justicia y obra de caridad”. En la epístola escrita a vuela pluma se advierte el sello peculiar del gran novelista, su gracejo, su ingenio descriptivo. Pereda no sabría escribir una vulgar carta de recomendación. Sin proponérselo, interesa, conmueve, evoca. A don Pedro de Madrazo y otros consejeros de Estado ha de pasar una solicitud de indulto a favor de Policarpa Terices, natural y vecina de Polanco, condenada por la Audiencia de lo Criminal, de Santander, a siete meses de prisión y accesorias, por lesiones causadas a su convecina Manuela del Rivero. ¿Qué motivó las iras de Policarpa? ¿Por qué interesan a José María de Pereda las consecuencias de una riña de comadres? sin sospecharlo siquiera, Pereda hace de su carta un magnífico boceto de cuento. El tema es apasionante. ¿Riña entre dos mujerucas? No. Más bien un drama. Un drama en que concurren elementos trascendentales: los personajes pintorescos, las pasiones arrebatadas, la atmósfera densa. “Dicha Policarpa -expone Pereda-, a quien conozco y estimo muchísimo, por haber sido nodriza de un niño mío, es un modelo de mujeres honradas y trabajadoras, de esposas y de madres campesinas; pero, como todas las de acá, tiene sus preocupaciones incurables, por ser de raza. Cree, por ende, en brujas...”. La afirmación, mejor dicho, la deducción no puede ser más elocuente. Pereda da por sentado que la brujería es en aquella región cosa admitida y corriente. Hábil, ha empezado por enumerar las virtudes de Policarpa. Conviene impresionar favorablemente a los consejeros de Estado. Luego, procede a paliar los hechos. Es preciso amparar y justificar a la culpable. “Cree en bujas, y creyendo en ellas, creyó como artículo de fe que un niño suyo se moría de 'ruinera' porque así lo quería su convecina la Rivero, tenida por bruja de las mayores en toda la vecindad. Por lo que la llamó una tarde a su casa y la administró, a puertas cerradas, una regular paliza con la más santa de las intenciones. Esta es la versión corriente, pues Policarpa ha negado el hecho siempre, y la Audiencia la condenó por indicios.” Tal vez fuera Policarpa como la pinta el novelista: laboriosa, modelo de esposas y madres. Pero también pecaba -declaró probablemente el abogado de la parte contraria- de supersticiosa, fanática, irascible y embustera. Con premeditación tomó precauciones agravantes. No consintió en confesar su delito. Y la zurra que en su propia casa propinó a la Rivero debió de ser mayúscula. Huellas indudables, lesiones gravísimas, el estado de la bruja maltrecha, tullida y medio muerta, constituyeron, sin duda, los “indicios” a que se refiere el escritor. Nos sorprendería la naturalidad con que habla éste a P. de Madrazo de brujas, si de ellas no tratara su novela El sabor de la Tierruca, al igual que la condesa de Pardo Bazán, en varios de sus cuentos, se refiere a trasgos y “meigas” en Galicia. Policarpa se mostró en aquella ocasión rencorosa y vengativa. Mas, teniendo en cuenta los argumentos aducidos por su amparador, ¿qué iba a hacer? Procedió simplemente conforme a viejas y arraigadas creencias, a raciales y oscuros atavismos. Imaginamos la angustia de la aldeana junto a la cuna del niño enfermo, víctima de esa “ruinera”, que era, sin duda, deshidratación o gastroenteritis. Policarpa, obsesionada por “preocupaciones incurables”, no piensa que la criatura sufre las consecuencias de una alimentación insuficiente o inadecuada, de cierta falta de elemental asepsia. Sólo ve que palidece y se consume... y se va. Y frente a su casa vive una mujer a la que el vulgo atribuye todo el poder maléfico que hace tan temible a las brujas de los cuentos infantiles. De niños, ¿acaso nos parecía ilógica la autoridad de la hechicera al decidir que la princesa durmiera cien años? En punto a brujería, los campesinos cántabros nunca dejan de ser niños. Las brujas de la Montaña no se limitan a perturbar imaginaciones infantiles. Su actuación no acababa. Su reinado no prescribe. La sonrisa de Manuela Rivero debe de ser inquietante, enigmática. Su palabra, reticente. Su mirada, torva. ¿Por qué no atribuirle el “mal de ojo”? No sabe Policarpa que ni siquiera una “bruja de las mayores” es capaz de desear la muerte de un niño, la tristeza desgarradora de una cuna vacía. Pero... se cree o no se cree en brujas. La madre, desesperada, no puede atribuir a un destino cruel el mal que la aflige. De ahí su reacción atroz y primitiva. Lo que pretende es aniquilar los malos deseos para que el niño sane; matar a la bruja, para que su hijo viva. Policarpa, acudiendo a su maligna vecina -salvadas las distancias-, tiene algo del ímpetu purificador con que San Miguel Arcángel aplasta al dragón. No sabemos si José María de Pereda consiguió atenuar la condena de su protegida. Del conflicto entre Policarpa, que personifica el amor materno -capaz de todos los sacrificios y de todas las audacias-, frente a Manuela, sólo queda esta carta: el testimonio de cómo se debe a las brujas de la Montaña que uno de nuestros más grandes novelistas acudiera a Pedro Madrazo, consejero de Estado, erudito y filósofo. » www.loscantabros.com © Carlos Gustavo Alútiz Ruisánchez alutiz@yahoo.es |