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Autor: Amós de Escalante. Obra: “Costas y Montañas”. Año: Edición de 1921. Tema: Mitos Cántabros. Santo Toribio es efectivamente la gran devoción de Liébana. Es monasterio de antiquísima fundación: las crónicas benedictinas lo ponen en tiempo de su Santo Patriarca, principio de las religiones en Occidente. Pero si no trae orígenes tan remotos, ya dos siglos después, en los principios de la monarquía asturiana, le da nombre y gloriosa fama uno de sus monjes, Beato, saliendo en 785 a defender victoriosamente la pureza de la doctrina apostólica contra la herejía de Elipando, arzobispo de Toledo, y Félix, obispo de Urgel. En aquellos días no se llamaba Santo Toribio el monasterio, llamábase San Martín, advocación común de las primeras fundaciones benedictinas. Un Toribio le había fundado, sin embargo, varón eminente, que después de haber tenido oficios públicos en el Estado, desengañóse del mundo, y buscó lugar retirado donde entregarse a la oración, al estudio y a la penitencia. Una cruz se destaca sobre el claro cielo, hincada en el filo de una peña. Allí -dicen- llegó el Santo, y perplejo ante la rigurosa escabrosidad de los lugares, lanzó abajo su báculo, determinando establecerse donde el báculo se detuviera en su caída. Los últimos años del siglo X o los primeros del siglo XI alzaron sobre aquel solar primitivo la iglesia que hoy subsiste, aquella adonde iban a orar los mozalbetes del Val-de-baró. Es una nave de sobria y bien proporcionada arquitectura, firme bajo el peso de sus años, y dispuesta a cobijar durante muchos otros las devotas generaciones lebaniegas. Uno de sus arcos cruceros arranca de dos impostas labradas: una representa la cabeza de un oso, otra la de un buey. Y la leyenda une ambas esculturas, como une otras semejantes en templos coetáneos del de Santo Toribio. El buey paciente y manso, obrero robusto e infatigable, ayudaba a la construcción de la iglesia; acarreaba piedras, arrastraba troncos, porteaba tierra de la cava al terraplén, y con el pisón de su ancha pezuña apelmazaba el firme de los caminos; ni el domingo era para él de provecho, porque en tal de reposar como los hombres, tocábale bajar a la villa y subir con su provisión de víveres para ellos. Un día el oso, el rey de las espesuras de Liébana, el solariego de sus bosques y malezas, el que tiene en el país tradición e historia, tradición e historia parecidas a las de otros tiranos, de ferocidad y gula; que cuenta allí razas y generaciones señaladas y catálogo de individuos ilustres, con su nombre propio, grotesco a veces, a veces heroico, según la ocasión de su celebridad, la naturaleza de sus hazañas o la genialidad del cazador o montañés que le bautizara; el oso, en fin, o hambriento en demasía, o irritado de la presencia de un cuadrúpedo corpulento como él, y como él macizo, en lugares que tenía por suyos, y donde no consentía émulos ni competidores, desembocando improvisadamente de la maleza, se arrojó sobre el indefenso buey y le mató. No había consumado su carnicera obra, cuando el santo varón que presidía a la fábrica, insensible al terror de sus compañeros, se irguió con solemne ademán y dirigió al oso la doble fascinación de sus inspirados ojos y su inspirada palabra: «Ciego agente de la naturaleza bruta, intentas despojar al hombre de los medios que su inteligencia se procura para obedecer a Dios y servir sus altos designios; pues de parte de Dios vivo serás a tu vez instrumento dócil de su voluntad omnipotente y obedecerás al Señor de todo lo criado.» Y manso el oso, vino a ocupar el lugar del buey y a suplirle en los oficios que prestaba al bienaventurado artífice. Diríase que la vida pura y austera de los primeros cenobitas los restablecía en aquel estado de gracia en que vivieron nuestros primeros padres antes de su culpa, cuando entera la creación animada les obedecía. Y parece que el símbolo encerrado en la sencilla leyenda corresponde a la idea que llevaba a los solitarios a sumirse en los lugares más ásperos y bravíos de las más apartadas regiones. No iban a desafiar los rigores y peligros de la salvaje naturaleza, iban a vivir en paz con ella, a ganarla con mansedumbre y perseverancia para el hombre, para que poblada toda un día, la gran familia humana cubriera la tierra que es su patrimonio, y no hubiera rincón de donde no pudiesen alzarse a Dios la noble frente, los agradecidos ojos del hombre. |
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